jueves, 23 de octubre de 2008

Sentirse in-comprendido

Hay dolores que nunca hemos vivido: se corresponden con historias muy ajenas a la nuestra, y sólo podemos imaginar lo que se sentirá en determinada situación... pero sólo eso: imaginarlo. Pero hay un dolor, en cambio, que toda persona que busque comprenderse a sí misma y a su entorno ha de vivir, inevitablemente: el dolor de no sentirse comprendido. Expresarnos, y ver que no somos captados. Decir una cosa, y que se entienda otra. Si "comprender" significa "abarcar" (como cuando decimos que tal predio "está comprendido entre tales y cuales calles"), el hecho de que no nos comprendan significa que no nos abarcan: somos in-comprendidos. Pero hay que saber cuatro cosas: 1) Toda persona compleja no es fácil de ser abarcada por un otro. 2) Es muy posible que el otro sienta lo mismo respecto de que no le comprendamos (y tenga razón!). 3) En ese caso, si estamos desprevenidos, querremos convencerlo de que SÍ lo comprendemos (porque no advertiremos nuestra propia limitación al respecto: la vemos sólo cuando es EL OTRO el que CREE comprendernos!). 4) Que no nos comprendan no es sinónimo de que no nos amen: uno puede amar sabiendo que una parte del otro... nos es un misterio!

¿Qué hacer, entonces, si pareciera que toda comunicación completa es inviable? Aspirar a que sea lo más clara posible, sabiendo que es natural que entre lo que el otro enuncia y lo que nosotros entendemos haya una distorsión inevitable. Hacernos cargo de que indefectiblemente somos intérpretes entre lo que el otro comunica, pues a medida que lo que ese otro dice o hace va ingresando a nuestro sistema cognitivo, se acomoda en casilleros predeterminados por nuestra propia historia, desde donde decodificamos, como podemos, la realidad. De manera tal que el hecho de que en toda comunicación, por más directa y sincera que quiera ser, haya distorsiones, es NORMAL. Un paso hacia la sabiduría es asumir que es así, y que no hay en ello, necesariamente, mala voluntad de nadie. Esto reduce considerablemente discusiones estériles que nacen de la ingenua creencia de que "captamos perfectamente lo que el otro quiso expresar": "No fue eso lo que me dijiste! Y lo que yo te dije no tiene nada que ver con lo que me estás cuestionando!!!". Stop!

Si nos volvemos más maduros, podemos, en vez de discutir...a) re-preguntar si lo que el otro quiso decirnos es lo que nosotros interpretamos; b) re-enunciar lo que nosotros hayamos dicho, ensayando distintas maneras, para quizás llegar más claramente al "sistema decodificador" del otro; c) procurar discernir lo que el otro nos está diciendo, respecto de nuestras propias reacciones e interpretaciones al respecto; d) tratar de leer más allá de las palabras lo que el otro nos está queriendo transmitir (con su voz, con sus actos, con sus gestos...); e) aplicarnos hoy mismo una vacuna indispensable para que no nos tome una enfermedad fatal, que tiene como síntoma principal este enunciado: "Pobre de mí! Con lo sensible que soy... y NADIE me comprende!!". La enfermedad se llama AUTOCONMISERACIÓN. Desde ese lugar es inviable construir una comunicación eficaz. En su extraordinario libro "Comunicación no violenta: un lenguaje de vida" (Gran Aldea Editores), el Dr. Marshall B. Rosenberg cita un poema de Ruth Bebermeyer que dice así:



LAS PALABRAS SON VENTANAS (O SON PAREDES)

“Siento que tus palabras me sentencian,
que me juzgan y que me apartan de ti,
pero antes de irme, tengo que saber
si eso es lo que quieres decirme.
Antes de erigirme en mi defensa,
antes de hablar herida o asustada,
antes de levantar esa pared de palabras,
quiero saber si verdaderamente he oído.
Las palabras son ventanas o paredes;
nos condenan o nos liberan.
Ojalá que al hablar o al escuchar
resplandezca la luz del amor a través mío.
Hay cosas que necesito decir,
cosas muy significativas para mí.
Si no me expreso claramente con mis palabras,
¿me ayudarás a ser libre?
Si te pareció que quise rebajarte,
si creíste que no me importabas,
trata de escuchar a través de mis palabras
los sentimientos que compartimos.”

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