Un punto, en el
espacio externo, va a funcionar del mismo modo que el punto en el espacio de
representación interno. Comprobamos que la percepción de un punto sin
referencias hace mover los ojos en todas las direcciones por cuanto el ojo va a
buscar parámetros perceptuales para encuadrarlo. Lo mismo va a suceder con un
punto de representación. Frente a un punto imaginado se van a buscar
parámetros, referencias, aunque sea con los bordes del espacio de
representación. El punto va a subir, va a bajar, va a ponerse en un costado o
en otro, se puede hacer el esfuerzo por mantener ese punto pero se va a notar
como si el “ojo interno” buscara referencias dentro del espacio mental. Así
pues, un punto sin referencias hace mover los ojos en todas las direcciones.
La línea horizontal lleva al
ojo en esa dirección, en la dirección horizontal, sin mayor esfuerzo. Pero la
línea vertical provoca un cierto tipo de tensión. En el espacio de representación
se presentan mayores dificultades para desplazar la imagen por “alturas” y
“profundidades” que en sentido horizontal. Internamente, se podría seguir un
movimiento “horizontal” constante que terminara volviendo a la posición
original, mientras que resultaría más difícil “subir” y, circularmente, llegar
desde “abajo” al punto de origen. Así también, el ojo, puede desplazarse con mayor
facilidad en sentido horizontal.
Dos líneas que se cruzan, llevan al ojo a dirigirse hacia
el centro y quedar encuadrado.
La curva lleva al ojo a incluir espacio. Provoca la
sensación de límite entre lo interno y lo externo a ella, deslizando el ojo hacia
lo incluido en el arco.
El cruce de curvas fija al ojo haciendo surgir nuevamente
al punto.
El cruce de curva y recta fija el punto central y rompe
el aislamiento entre los espacios incluidos y excluidos en el arco.
Las rectas quebradas, rompen la inercia del
desplazamiento del ojo y exigen un aumento de la tensión en el mirar. Igual
sucede con los arcos discontinuos. Si en el espacio de representación se
observa una línea horizontal y a esta línea horizontal se la quiebra y hace descender,
la inercia que llevaba ese fenómeno se rompe, se “frena”, produciéndose un aumento
de la tensión. Si se hace eso con la horizontal pero quebrándola hacia arriba,
en lugar de hacia abajo, se va a producir otro tipo de fenómeno. Pero en todo
caso se va a romper la inercia.
La repetición de iguales segmentos de rectas o curvas
discontinuas, coloca nuevamente al movimiento del ojo en un sistema de
inercia. Por lo tanto disminuye la tensión del acto de mirar y se produce la
distensión. Es decir, el placer del ritmo que se registra en las curvas que se
repiten o las rectas en segmentos que se repiten y que tan importante ha sido a
los efectos de la decoración. También en el caso del oído se verifica con
facilidad el efecto del ritmo.
Cuando rectas y curvas terminan conectándose en circuito,
surge el símbolo del encuadre y del campo. En el espacio de representación, el
encuadre mayor está dado por los límites de dicho espacio interno pero que,
desde luego, es variable. Pero en todo caso, sus límites son el encuadre mayor.
Lo que sucede adentro de ese encuadre está en el campo de representación.
Tomando, por ejemplo, un cuadrado y colocando un punto dentro de su campo, se
va a notar un sistema de tensiones diferentes, según el punto esté próximo a
una recta discontinua (un ángulo del cuadrado), o según esté equidistante a
todos los ángulos. En el segundo caso se comprueba una especie de equilibrio.
Se puede sacar ese punto del cuadrado y colocarlo afuera de él, comprobándose
una tendencia del ojo a incluirlo en el campo del cuadrado. Seguramente, en la
representación interna ocurrirá otro tanto.
Cuando rectas y curvas se separan del circuito surge un
símbolo de expansión (si aquellas tienen una dirección de apertura), o surge un
símbolo de contracción (si tienen dirección de cierre).
Una figura geométrica elemental actúa como referencial de
centros manifiestos. Existe diferencia entre centro manifiesto (donde se cruzan
líneas) y centro tácito (donde se dirige el ojo sin dirección de líneas). Dado
un cuadrado, en el cruce de sus diagonales (aunque dichas líneas no estén
dibujadas), surge el centro tácito, pero este se hace manifiesto en cuanto se
coloque allí un punto. Los centros manifiestos, por tanto, surgen cuando se
cortan curvas o rectas y la visión se estanca. Los centros tácitos son
aquellos que aparecen como si estuvieran puestos, que operan como si existiera
el fenómeno. No existe tal fenómeno, pero sí existe el registro de estancamiento
del ojo.
En el círculo, no hay centros manifiestos. Hay solamente
centro tácito, lo que provoca movimientos del ojo hacia el centro.
El punto es el centro manifiesto por excelencia. Como no
hay encuadre ni centro tácito, este centro se desplaza en cualquier dirección.
El vacío es el centro tácito por excelencia. Como no hay
encuadre ni centro manifiesto, este centro provoca un movimiento general hacia
él.
Cuando un símbolo incluye a otro en su campo, el segundo
es el centro manifiesto. Los centros manifiestos atraen el ojo hacia ellos. Un
centro manifiesto puesto en el espacio de representación, atrae a todas las
tensiones del psiquismo hacia él.
Dos centros de tensión provocan vacío en el centro
tácito, desplazando la visión hacia ambos polos y luego hacia el centro del
vacío, creándose tensiones intermitentes.
En el campo de un símbolo de encuadre, todos los símbolos
están en relación y colocando uno de los símbolos fuera del encuadre se
establece una tensión entre él y el conjunto incluido. Con el espacio de
representación, como inclusor mayor, sucede eso mismo. Todas las imágenes tienden
a ser incluidas presentemente en este espacio y aquellas imágenes copresentes
tenderán a expresarse en ese espacio. Otro tanto ocurre entre niveles en su
relación de imágenes. Y podría haber en el espacio de representación, una
determinada imagen (una imagen obsesiva, por ejemplo), que impidiera el
acercamiento de otras representaciones. Por lo demás, esto sucede cuando la
atención está activa sobre un contenido impidiendo la interferencia de otros.
Pero podría existir un gran vacío, que permitiera manifestar con facilidad
contenidos profundos que llegaran a su campo.
Los símbolos externos al encuadre tienen relación entre
sí, sólo por su referencia al encuadre.
Los signos, alegorías y símbolos pueden servirse mutuamente
de encuadre o servir de enlace entre encuadres.
Las curvas concentran la visión hacia el centro y las
puntas dispersan la atención fuera del campo.
El color no modifica la esencia del símbolo, aunque lo
pondera como fenómeno psicológico.
La acción de forma del símbolo se verifica en la medida en
que se registre dicho símbolo, es decir que si alguien está colocado en
el interior de una habitación y no sabe que ésta es cúbica, esférica, o
piramidal la acción de forma no se verifica. Pero si alguien sabe o cree (por
ejemplo experimentalmente, con los ojos vendados) que está incluido en una
habitación piramidal, entonces va a experimentar registros muy diferentes a si
cree que está en una habitación esférica. El fenómeno de la “acción de forma”
se verifica no por la forma en sí, sino por la representación que corresponde a
la forma. Estos símbolos que operen como continentes, van a producir numerosas
tensiones en otros contenidos; a algunos les van a dar dinámica, a otros los
van a incluir, a otros los van a excluir, etcétera. En suma, se va a establecer
un sistema de relaciones específicas entre los contenidos de acuerdo al tipo de
continentes simbólicos que se configuren.
Silo
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